Voz alta.

Sigue leyendo

Anuncios

Una galaxia ni tan tan lejana.

Tenía 13 años cuando a Canal 13 se le ocurrió volver a transmitir la trilogía original de Star Wars, que yo nunca había visto. Fueron tres domingos de 2003, no recuerdo de qué mes, en que me senté en el living de mi casa a ver una historia que me seguiría emocionando hasta el día de hoy. En el mismo living, José Luis, mi hermano mayor.

Así como muchas cosas en la vida, mi llegada a la galaxia muy muy lejana se la debo a él. Seguramente, su recomendación venía acompañada de un certero “TIENES QUE VERLA”, haciéndole caso después de años de intentos fallidos. Ahora que lo pienso, le hice a caso a un tipo que ni siquiera tenía 20 años y que vio en mi al ser humano perfecto para influenciar. Y que bueno que lo hizo.

No recuerdo haber sentido una indescriptible emoción, pero si sé que la historia me enganchó en minutos, sé que seguí viéndola porque me gustó y no por cumplir con mi hermano mayor, un tipo ilusionado con que su púber hermana descubriera el poder la Fuerza. Seguramente, y aquí voy a aventurarme, esperó mis reacciones en partes especiales de cada película, como siempre pasa que le muestras tus películas favoritas a alguien.

A los 13 años ya sabía lo que era un spoiler, sin conocer la palabra ni llorar como lo hacen hoy en día en las redes sociales. Siempre escuché a José Luis, fanático de Star Wars y con una predilección especial por los villanos de las películas, repetir una y otra vez: “Luke, yo soy tu padre“. Ahora soy yo la que repite la escena, con la intervención de Mark Hamill incluida.

Había visto “El Ataque de los Clones” en el cine el año anterior, sabiendo la importancia de Star Wars, pero no dándole el peso que hoy tiene en mi vida.

Para el 2007, falté a clases para poder ir a ver “La Venganza de los Sith”. Ahora la fanfarria de John Williams causaba muchas más cosas que hacía cinco años y fui parte de ese silencio ceremonial en que quedó la sala 6 del Cinemark La Serena cuando, por primera vez, muchos pudimos escuchar la tétrica respiración de Darth Vader en el cine. Si bien la segunda sigue siendo la trilogía menos valorada (a pesar de que la tercer recién lleva una película estrenada), no dejó de ser emocionante ver como el mecanismo de respiración se instalaba en el cuerpo de, un hoy alejado de la fama, Hayden Christiansen.

Por cosas del destino y de sus barcos, una ruta le permitió a mi papá encontrar el paraíso terrenal de las películas piratas en un puerto de Perú. Por fin teníamos las Star Wars en DVD y verlas cuando quisiéramos. De esos momentos, si recuerdo haber hecho una maratón, sola en mi pieza, y haber gritado a la pieza de al lado al final de esa personal jornada: ¿Cómo se les ocurría reemplazar a Sebastian Shaw por Christiansen en el final de “El Regreso del Jedi? ¿Cómo?

Así pasaron los años. Así seguí viendo Star Wars, queriendo ser Leia y enamorada de Han Solo. Y volvió el hype de la mano de Disney.

La emoción del ver volar de nuevo al Millenium Falcon en el primer teaser de “The Force Awakens” me valió un par de felices lágrimas, que se repitieron al volver a ver a Leia y Han Solo en los avances. ¿Dónde estaba Luke?

Uno no va al cine con gente que no quiere, y nuevamente en la butaca de al lado estaba mi hermano. La emoción era distinta, esperábamos tanto y más de lo que vimos. Se apagan las luces, el logo de LucasFilms nos tiene expectantes y la magia de John Williams volvió a hacer lo suyo, entre aplausos y gritos emocionados de todos los que llenamos la misma sala 6 (cine de provincia, sala regalona para los estrenos porque es la más grande). Una de las mejores experiencias en el cine, para una película que me repetí dos veces más ese mismo diciembre y luego en enero.

Hoy la película que lo inició todo cumple 40 años, décadas en las que ha conseguido cambiar la vida de millones. Hoy siento que ya me robé los planos de la Estrella de la Muerte, pero aún los estoy descifrando. Hoy quisiera que ese llavero del Millenium Falcon, que iba a ser un regalo pero terminó para mi,  se transformara en la nave real y visitar mi propia versión de Tatooine, a ver un doble atardecer caer en el horizonte. Hoy espero saber ganarle al Imperio.

Es lo mismo, pero no es igual.

La puerta se sigue abriendo con la misma llave que cuelga de un submarino amarillo que compré hace ya diez años.

Con el solo sonido de alguien cruzándola, el perro y la gata siguen reaccionando igual que siempre: él corre y salta dentro de lo que su cojera le deja, moviendo la cola y sacando la lengua, quedándose sin aire; ella, se despereza, se estira y maúlla como saludando.

Los sillones, la mesa y el comedor, los mismos que me gustaría trasladar para sentirme más en casa en mi otra casa, también están ahí.

Pero no es igual.

Los calendarios -uno de Felipito y otro de la Virgen de Andacollo- tienen marcado el 3 de abril: “Clases Anita”, está escrito sobre ambos. Casi igual a cuando marcaron el 26 de septiembre, el día en que di la entrevista que me tiene empezando esas clases de abril.

En el mueble grande, ese que salió extremadamente barato en un remate, está la foto familiar más reciente: la de mi último cumpleaños, justo tres días antes de irme a tener problemas de residencia y soledad seis horas más al sur. “Por fin me hicieron caso y sacaron esa foto donde me veía obesa”, le dije a mi mamá. Porque soy exagerada, pero esos veinte kilos demás en la foto anterior no se podían disimular.

-Un día echaba tanto de menos, que me puse a escuchar a tu flaco feo de Marc Anthony.

-Yo lo escuché toda la tarde.

Y así nos quedamos hasta las tres de la mañana. Ponemos el show de Mon Laferte en Viña y hablamos. “Esa niñita va a terminar mal”, dice mi mamá. Supongo que es opinión popular, porque no es la primera vez que lo escucho. También discutimos en qué papel Mario Horton se ve mejor: el curita de Perdona Nuestros Pecados o el comunista de Los 80, pero todo termina en un “búscate uno así, Ani”.

Las horas aquí se pasan más rápido de lo que deberían y de lo que quisiera. Pero tenemos que seguir acostumbrándonos a que las horas se pasan más lentas estando lejos.

Que estoy más flaca, que estoy más bonita, que el clima me desconoció porque es primera vez en semanas que me da alergia y estornudo, que ya camino muy rápido. Que me extrañan, que ya no tienen con quien pelear. A nada sé como contestar, porque sólo quiero escucharlos.

Atino a reírme un poco y a mirarlos en las pocas horas que me quedan, a volver a acompañar, cuando en realidad todos me están acompañando a mi.

Miro la pared que sostiene a los calendarios, lleno de marcas de estatura de mis sobrinos. La última es del 9 de enero de este año. “Se me olvidó medir a la Vicky”, me quejo.

Será un pendiente para la próxima vez.

Clorfenamina.

Acá estoy, mientras espero que la pastilla que tomé me haga efecto. No están creadas con ese fin, pero todo buen asmático sabe que la clorfenamina da sueño. Deben ser la versión “pastillas para dormir” pobres, porque además son súper baratas. En esa tónica, llevo tres días seguidos tomándome clorfenaminas y esperando a que hagan efecto para no saber lo que es despertar de la nada en medio de la noche, dormir como tronco y, de pasada, amanecer descongestionada.

Siempre me había jactado de lo bien que sé hacer las cosas sola, del hecho de no necesitar alguien para ser perfectamente eficiente. Si el mueble dice que se necesitan dos personas para armarlo, yo digo que no. Si el refrigerador dice que se necesitan dos personas o más para sacarlo de la caja, yo lo muevo sola y con el riesgo de morir aplastada por un prisma rectangular (lo guglié porque un rectángulo  es plano).

Dormir, despertar, comer, ir al cine, caminar. Cosas fáciles. Nunca me había tocado estar. Estar sola. Ser sola.

No se trata de no estar con alguien, porque ese tema da para un testamento y no viene mucho al caso. De hecho, llegué a la conclusión de que “ya vas a conocer a alguien” es lanzarme la peor maldición gitana del mundo; porque puede que lo digan con la mejor de las ondas, pero también lo dicen teniéndome pena, el peor sentimiento que te pueden dedicar y uno de los que más odio. Sería fácil “conocer a alguien” para no estar sola y convertirme en ese tipo de gente que tiene 10 amores de su vida al año. Pero de la amargura y podredumbre interna que crece todos los días con respecto a ese tema, mejor no escribir. Por ahora.

I have a dream.

¿Qué decía? La pastilla está empezando a cerrarme los ojos y me invitaron a un cumpleaños al que no voy a ir porque estos ojos hinchados no me dejan (y porque nunca tan enferma de mezclar pastillitas con copetito, ahí si que no). Ah, estar sola. Nunca me había inundado un sentimiento de soledad tan grande como el de ahora. Porque contaba con todo lo que conlleva el arrancarte de la ciudad en la que viviste 27 años, para llegar a otra conocida, mas nunca familiar. Caminar la ciudad (la única forma en que realmente creo que se pueden conocer), aprenderme las calles más rápido que en los cinco años que estuve estudiando en La Serena, y todo eso que viene con vivir sola. Contaba con mandar currículum a todas las pegas posibles y saber que sería cuesta arriba ese camino.

Siempre supe que “la marraqueta bajo el brazo” de mi familia la traje yo, porque ese fue el tiempo en que mi papá consiguió su pega de embarcado, después de años de vacas flacas. Un gran trabajo con consecuencias que podría enlistar ahora mismo, sin embargo hoy veo algo más importante. Extrañar cuando uno ve partir a alguien es algo para lo que estoy entrenada desde que me convertí en esa “marraqueta bajo el brazo”, pero jamás esperé darme cuenta que es completamente distinto extrañar cuando es uno el que se va. Y ahí no conté con que hoy, más que nunca entiendo a mi papá. Y aunque seis horas de bus y más de dos meses de “residencia” no se comparan con océanos de distancia y años navegando, a mis 27 años, empecé a comprenderlo.

La marraqueta bajo el brazo creció y se me fue a los cachetes.

Lo puedo imaginar en su cabina del barco que fuese, pensando en muchas veces no querer estar ahí, pero tener que estarlo por el bien mayor que éramos nosotros. Yo no tengo una familia que mantener, y ese bien mayor es convertirme en lo que realmente quiero ser y no morirme haciendo algo que no me llena.

Pienso en mi mamá, en su soledad de criar a tres  no tan complicados niños, pero en su soledad al fin. Le pido perdón, en 45 minutos de una llorosa llamada hace un rato, por haberla dejado sola y me dice que no lo haga, pero tengo que hacerlo.

Hasta busco en Google “historia de la soledad”, porque alguien tiene que haber escrito sobre eso y la Historia está llena de personajes solitarios. Recuerdo a los griegos que castigaban con la soledad del ostracismo. Alguien tiene que haber escrito que se hace para abandonar la soledad (Laura Pausini no cuenta, su soledad se acaba cuando conozca a un hombre que reemplace a Marco).

Si la escribiera ahora, seguramente una autobiografía recibiría un nombre cursi a lo “Inmensa soledad”, porque es tan inmensa que se volvió incontrolable y se metió a las manos para escribir todo esto.

Pero a pesar de todo, creo en los tiempos en que la autobiografía se vuelva a llamar “Culpo a Radio Pudahuel”, y que en las páginas centrales de papel cuché haya una foto mía con Pablito Aguilera. También creo en el momento en que mis fotos dejen de ser selfies, o escribir sin tener que esperar a que, como ahora, una pastilla barata haga efecto.

Conté.

Con encontrar pega.

Con esperar los días para entrar a la U.

Con armar una casa.

Con aprenderme las calles.

Con mejorar en la cocina.

Con ir al súper y pagar las cuentas.

Con ser yo, por mí misma.

Con tantas otras cosas.

Menos con lo inmensamente sola que he sido capaz de sentirme, como nunca en la vida.

Con eso no conté.